|
Escuché hablar de la colombiana Nina Pizarro durante los últimos años, a propósito de la prisión que padecen Víctor Polay y sus compañeros en la Base Naval del Callao desde hace 18 años. Por fortuna llegó a Lima y pude verla dos veces. La primera raudamente, gracias a Lady Dianne, nos abrazamos y le di un libro de mi autoría. La segunda, el domingo 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, compartimos alegría, evocaciones, recuerdos de la infancia, historia, en el hogar de la familia Polay, donde la señora Otilia Campos le ofrendó un sabroso almuerzo cálido. Hubo varias amistades, compañeros, camaradas, familiares de Víctor; sólo al atardecer pudimos cruzar íntimas palabras joviales pero muy breves. Me quedé con su sonrisa amplia y su voz melodiosa. Ayer la amiga cantautora, Marcela Pérez-Silva, nos sorprendió gratamente al reenviar el texto: “Víctor Polay Campos: Un guerrero Inca”, que le remitiera Nina desde Colombia el 9 de octubre de 2005.* (Rosina Valcárcel)
VÍCTOR POLAY CAMPOS: UN GUERRERO INCA
por Nina Pizarro**
Ginebra, Suiza. Es el verano de 1974. Eduardo ya había vivido la experiencia de los estudiantes latinoamericanos en París: Trabajar en el verano para ganarse los pesos que sostendrían el siguiente semestre de universidad. Había conocido a Víctor, un estudiante peruano: el prototipo del hijo de papi (en este caso, de mami). Eduardo había regresado a Colombia, pero María Dolores, su compañera, seguía en París y mantenía la amistad con Víctor.
Fue ese verano cuando lo conocí. Yo había viajado a París en febrero: tenía veinte años y sentía que había conquistado el mundo, con la correspondiente cuota de pánico que acompaña la toma de grandes decisiones. Había atravesado el océano, vivía en la Ciudad Luz y viajaba a Ginebra a laborar de obrera rasa, para ganarme el pan de los meses siguientes.
Recuerdo el día que lo conocí. Alto, con facciones chinas, elegante, de mirada pícara. Debo confesar que me llamó la atención de inmediato. Aunque era obvio: tenía novia y la estaba esperando. Pero ella no llegó, y un día cualquiera saliendo de un supermercado, sentí que me tomaban del brazo y me decían: --Mademoiselle, con tono de autoridad. Paré en seco. Cuando me volví estaba él, Víctor, sonriendo de su pilatuna*** ante mi mirada desconcertada. Desde ese momento, iniciamos una historia de amor que aún no termina. Con todos los vericuetos de estos 31 años, en que cada uno construyó su vida con la certeza de un afecto nacido en medio de los sueños por un mundo mejor. Sabiendo que recorreríamos nuestros caminos con la frente en alto. Con la ética aprendida en largas noches de charlas con amigos de todos los continentes, con quienes compartimos un instante de la historia. El mundo bullicioso de los exiliados de todos lados, de discusiones políticas, de poemas, de música, de afecto, de hermandad.
Curiosamente, los primeros meses en París, yo había leído, a Vargas Llosa: La Ciudad y los Perros, Conversación en la Catedral, La Casa Verde... Así que cuando conocí a Víctor y entré a formar parte del grupo de peruanos que compartían el departamento de Ginebra, sentí que el universo del que ellos hablaban me era familiar. Debo confesar que en ese instante mi admiración por Vargas Llosa se agigantó. El escritor había captado con maestría la realidad de su país.
Poco a poco fui conociendo la historia personal de Víctor. Hijo de Don Víctor Polay Risco, nacido en el Perú de inmigrantes chinos del siglo XIX, cofundador del APRA con Víctor Raúl Haya de la Torre. Su madre, doña Otilia Campos, del Cusco, tallada en piedra como sus ancestros incas, aprista ella también. Juntos vivieron la persecución política en los años treinta y cuarenta. Don Víctor conoció la cárcel en varias ocasiones. La lucha política de sus padres forjó, en gran medida, el compromiso de Víctor con su país, con su pueblo, y nutrió su anhelo de justicia y libertad.
Así nos conocimos. Yo venía de la ruptura con la Juventud Comunista. Él, con más experiencia, venía de las juventudes rebeldes del APRA (había militado con Alan García, quien llegaría a ser presidente del Perú) y se iniciaba en el MIR peruano.
La lucha armada marcaba un derrotero y, nosotros, jóvenes e ilusos, creíamos que la violencia era la partera del futuro. Nuestro sacrificio sería un homenaje a la transformación social. Valía la pena apostar al papel de ser mártir. El golpe militar de Chile comprobaba que la legalidad era una farsa.
Víctor y yo compartimos momentos inolvidables... El compromiso fue tejiendo nuestros destinos personales. Durante ese año estudiamos sociología en París VIII; participamos en la creación de la Asociación de Estudiantes Latinoamericanos en Francia; celebramos la victoria vietnamita. Distantes todavía de la realidad de la guerra que cada uno viviría en su país de origen, bailamos, amamos, jugamos, manifestamos. Fuimos niños aprendiendo el arte de volverse adultos. Y nos comprometimos con la revolución.
En el verano del año 75, Víctor viajó al Perú y, yo con unos amigos me fui a trabajar a Suecia. No volvimos a encontrarnos hasta el año siguiente, pero ya no en París sino en Colombia. No logré sobreponerme ante el desconcierto de que él no llegara en la fecha prevista. Ni a su carta explicando que sus deberes políticos lo obligaban a postergar el regreso. Pensé que mi compromiso con Colombia debía ser igual de serio y en ocho días preparé el regreso a mi país. Mi hermano Carlos, feliz, me abrió las puertas del M-19: mi futuro estaba sellado. Víctor pasó por Bogotá. Nos despedimos. Cada quien se la jugaría por su tierra.
Víctor volvió a Colombia en el 79, cuando yo me encontraba detenida por el robo de las armas del Cantón Norte****. Como era de imaginarse, él solidario, hermano de sueños para nuestra Patria Grande, me envió su mensaje de afecto por intermedio de mi madre. Sentir el afecto de los amigos reconforta mucho cuando la perspectiva es la cárcel.
Han pasado muchos años... Muchas muertes de amigos comunes acompañan nuestro presente. También nos acompañan las muertes de los que creímos nuestros enemigos. Hombres y mujeres de los dos bandos que dejaron huérfanos, viudas, madres, padres. Familias que todavía hoy los recuerdan y los lloran.
Víctor Polay Campos, el comandante Rolando, el líder del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), el amigo de siempre, fue detenido en 1992, por segunda vez, durante la dictadura de Alberto Fujimori (el gobierno que le vendía armamento a las FARC, para enriquecerse con nuestro dolor). Desde entonces, las condiciones de su detención han sido inhumanas. Fue aislado, durante veinticuatro meses, de todo contacto humano: ni el sol podía tocarlo. Durante trece años ha soportado con valentía, con dignidad, las difíciles condiciones carcelarias. No han podido doblegar su espíritu justiciero, aprendido de sus mayores. Sin embargo, ha comprendido, como lo ha dicho él mismo, que el mundo que él dejó en l992 ha cambiado; que la lucha armada que creyó justa, no condujo a la libertad ni a la justicia social; y que América Latina y el mundo deben encontrar otras formas políticas de resolver sus graves problemas económicos
Hoy, Víctor Polay enfrenta un nuevo juicio como dirigente del MRTA, en la Base Naval del Callao, después de que la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) planteara que el juicio que lo condenó a cadena perpetua había violado el debido proceso, solicitando, entonces, un nuevo juicio. Víctor mantiene su espíritu intacto, su deterioro físico por las condiciones inhumanas de confinamiento no logra mellar su claridad mental. El comandante Rolando vuelve a explicar las razones que llevaron al MRTA a la lucha armada: enmarcar dentro del contexto histórico las actuaciones del MRTA, es permitirle a la sociedad peruana y latinoamericana entender porqué el siglo XXI debe buscar la reconciliación para poder construir, entre todos, un mañana mejor.
Cuando vuelvo la mirada atrás y ese rostro achinado, esa risa fácil me mira desde la distancia de nuevo, me siento profundamente orgullosa. ¿Por qué? Por haber conocido y compartido los sueños con un hombre, con un combatiente, con un comandante, consecuente con sus ideales, y que aún está llamado para seguir reflexionando y aportando a la Historia del Perú y de América Latina.
-----
*Nos hemos permitido hacer ínfimas precisiones e incluir notas a pie de página.
** Nina Pizarro Leongómez (Bogotá, vivió en Calí). Lideresa de proyectos cooperativos para la mujer. Bogotá. Colombia. Hermana del asesinado candidato presidencial y fundador del M19, Carlos Pizarro.
*** pilatuna. 1. f. Col. Acción pícara.
**** El Asalto al Cantón Norte llamada por los guerrilleros como "Operación Colombia", fue una acción armada por parte del grupo guerrillero colombiano Movimiento 19 de abril (M-19) a las instalaciones del Cantón Norte del Ejército Nacional de Colombia en Bogotá el 31 de diciembre de 1978. Por órdenes del legendario y creativo Jaime Bateman Cayón, un comando de guerrilleros del M-19 penetraron las instalaciones militares y sustrajeron una cuantiosa cantidad de armas, que se calcula alcanzaban las 5 mil unidades. El robo al Cantón Norte, principal depósito de armas de las Fuerzas Militares de Colombia, significó una burla para el gobierno ante la opinión pública.
|